Cóbrame, por favor.


Cualquiera que alguna vez allá trabajado, si Antonito, preguntale a la vieja que le pego un bife a tu hermano que te va a contar que es eso de trabajar. No, a esa mujer, el esposo de Valeria Mazza tampoco te puede explicar.
En fin, retomo, todas esas personas, mas de una vez han tenido que obedecer reglas entupidas de los lugares en los cuales realizaban su tarea.
Ahora, señores gerentes, personal de marketing o los responsables de atención al cliente, ¿quien les dijo que es necesario mantener con el cliente de turno, diálogos improductivos, repetitivos y sin ningún sentido mas que prolongar algo tan simple como el pago de un producto?
Vamos por partes.
Uno recorre todo el supermercado, trata de buscar lo que necesita, después trata de ver dentro de lo que necesita, que es lo que hay y por ultimo compra cualquier cosa, porque las góndolas cada vez están mas vacías.
Luego de haber estado una hora dando vueltas entre las angostas góndolas, se dirige a la caja.
Un iluso pensaría, bueno ahora pago y me voy, pero claro debe hacer la larga y tediosa cola, en las siete cajas que están habilitadas, de las 43 equipadas.
La espera, transcurre lentamente, pero transcurre.
A veces uno, mantiene la misma esperanza adolescente. Como la que tiene cada vez que debe hacer un viaje en ómnibus de larga distancia y pide que pueda compartir con una agradable señorita el viaje. Lo mismo en la cola del supermercado, pero no eso nunca sucede, es otra mentira televisiva, solo tienen esa suerte, Facundo Arana y Joaquín Furriel. Nosotros gozamos siempre con la compañía de una madre y sus seis hijos inquietos, esa abuela que no tenemos pero que tampoco extrañamos.
En fin, solo falta una persona para nuestro turno, ya es nada, solo un instante y estamos afuera.
La señora entrada en años y por otras partes, descarga todo su arsenal de mercadería en la cinta de la caja, y pasa armoniosamente cada producto hasta el último.
Pero no, ¡la puta madre! Trajo una vela de parafina que no tiene el código de barras.
Así, que la cajera toca un botón secreto, y una luz comienza a parpadear, como señalando donde esta la hija de puta. Podría tener un acto solidario y dejar la vela, pero no, imposible.
Entonces entra en acción, el colaborador, que agarra la vela y en vez de metérsela en el orto a la vieja, se cruza toda la instalación para buscar el precio.
Lo trae, se lo da a la cajera y por fin termina de pasar todo.
Es mi turno llegue, paso todo rápidamente, me quiero ir. Ya estoy viendo la puerta, hace dos horas que estoy acá parado, me voy los dejo. Paso el último paquete de arroz y empieza el calvario.
La cajera me atormenta, me ametralla con preguntas cortitas y al pie.
¿Ticket o factura?
¿Efectivo o tarjeta?
¿Tiene las tarjetas de puntos?
¿Quiere llevar dos alfajores por un peso?
¿Y dos turrones?
Mis respuestas son inmediatas, ticket, efectivo, no, no, no. Y un ruego, ¡cóbrame por favor!
Cuando entrego mi dinero y veo que comienza a parpadear la luz terrible del botón secreto, ¿que mierda pasa?
No tienen cambio, ¡que lo parió!
Viene una patinadora, le da el cambio, recibo mi vuelto y me voy.
Pero antes, de manera respetuosa, pero con un inobjetable tinte de realidad, la cajera me dice:
Gracias por su compra y lo esperamos nuevamente.
La puta madre, tiene razón, voy a volver.

Publicado porJavier Gutierrez en 13:12  

2 comentarios:

Patricio Ortega dijo... 25 de marzo de 2008 a las 23:07  

te juro que una vez me tocó una vieja que había hecho la suma de su compra en un papelito y no le coincidía con la caja.
Tenés toda la razón.

Anónimo dijo... 5 de abril de 2008 a las 20:52  

Jajaja. Exelente, esto te pasa todos los dias la puta madre. Los otros dias una vieja adelante mio compro una bolsita de oregano de $1.95. Podes creer que la hija de puta lo pago con tarjeta en 6 pagos.

Gabi

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